
A Marta nunca le gustaron las “comidas de ricos”. Comer ostras sería lo último que haría.
En una boda, con unas copas de más, la convencieron para probarlas.
No se percató de que estaban más que pasadas.
El cólico y la infección posterior acabaron dolorosamente con ella.
Y tenía razón: fué lo último que hizo.
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